Openbank me bloqueó la cuenta de forma total el 5 de noviembre de 2025 y, desde ese momento, me dejó sin acceso a mi propio dinero sin previo aviso, sin una explicación por escrito y sin decirme qué base legal justificaba algo así.
Lo más humillante no fue solo el bloqueo: fue el trato. Durante más de cinco semanas envié al menos siete comunicaciones formales por correo, además de llamadas y gestiones, pidiendo algo tan básico como una respuesta humana y una explicación. La “respuesta” del banco fue siempre la misma: mensajes automáticos, sin intervención de ninguna persona, repitiendo una promesa de contestación en 24–48 horas que nunca se cumplió. Un robot. Siempre el mismo texto. Siempre el mismo silencio detrás.
Llegó un punto en el que, ante la ausencia total de atención, me vi obligada incluso a aportar voluntariamente documentación para justificar el origen lícito de unas transferencias (operaciones completamente legales), aun así sin obtener una respuesta real.
Soy pensionista de 66 años y el bloqueo me dejó en una situación de indefensión: tuve dificultades reales para atender pagos esenciales, como el alquiler de mi vivienda en diciembre de 2025. Y, mientras tanto, la entidad que custodia mis ahorros actuó como si yo no fuese una persona, sino un número al que se le puede ignorar indefinidamente.
Esto no fue un descuido puntual. Fue una forma de proceder que transmite desprecio: bloquearte, retener tu dinero y, cuando pides explicaciones, responderte con un sistema automático una y otra vez, sin que nadie tenga la mínima decencia de dedicar cinco minutos a contestarte. Así me han tratado.
Qué empresa más inhumana