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Podríamos ahorrar 70 millones si no se despilfarra en medicamentos

02 febrero 2016
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02 febrero 2016

Dedicamos demasiado dinero a los fármacos y la industria farmacéutica lo fomenta, pues sustituye medicamentos válidos por otros más caros, pero no más eficaces ni más seguros. Es más, estos  medicamentos nuevos pueden tener efectos adversos a largo plazo.

OCU ha cifrado en 70 millones de euros el ahorro que podría conseguirse en la factura farmacéutica global al elegir un tratamiento estándar, que combina eficacia y buen precio, en lugar de algunas de las últimas novedades. Ese ahorro de 70 millones equivaldría, por ejemplo, al gasto medio en cuidados dentales de todos los hogares de La Rioja.

Hemos analizado el impacto que tiene el consumo de nueve medicamentos para el tratamiento de cuatro patologías: reflujo o acidez, hipertensión, colesterol alto y depresión.  En algunas de ellas, el precio de los medicamentos nuevos es hasta 9 veces superior al del tratamiento estándar, pero la evidencia científica respalda que la efectividad del nuevo medicamento no es superior a la que consiguen los medicamentos que se utilizan de forma habitual.

No decimos que  el tratamiento más barato sea siempre la mejor opción, pero sí mantenemos que no es necesario que se prescriban como primera opción los medicamentos más caros.

El modelo actual de innovación médica permite que la industria farmacéutica, partiendo de fármacos que funcionan bien y tienen un precio moderado, modifique las moléculas ligeramente o combine varias de las existentes para sacar nuevos medicamentos al mercado a precios más altos. Las supuestas ventajas son publicitadas con fuerza dando lugar a que se sustituyan los anteriores medicamentos por otros más caros, pero no más eficaces ni más seguros. Es más, estos medicamentos nuevos pueden tener efectos adversos a largo plazo que en el momento de su lanzamiento se desconocen.

Con permiso de Europa

La legislación europea permite en parte esta situación, puesto que se muestra ineficaz para de impedir que el mercado se inunde de medicamentos nuevos de escaso valor terapéutico. La industria opta de esta manera por lo que le resulta más rentable: modificaciones superfluas de moléculas que ya existen, sobre todo de las más consumidas, como las que se usan para los tratamientos más largos y por tanto más rentables.

OCU considera que este dinero bien podría destinarse a la investigación para paliar enfermedades que aún no tienen cura, en lugar de para estos fines.

Compartimos también la reciente petición del Consejo de Europa, que ha exigido una mayor transparencia en las relaciones entre la industria farmacéutica y los gobiernos, para que se garantice la independencia de quienes toman las decisiones de financiación de medicamentos a cargo de los presupuestos públicos. El modelo de innovación debería modificarse para ayudar a que surjan productos farmacéuticos realmente necesarios a precios asequibles para el sistema público de salud, necesidad que pone de manifiesto el reciente caso de los tratamientos para la hepatitis C.

Es una de las razones por las que OCU participa en la campaña No es sano, que reclama, entre otras cosas, la revisión del modelo de innovación farmacéutica para que responda a las necesidades reales de la población.


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