Compré un MG nuevo en junio de 2025, con ilusión y confiando en que, ante un imprevisto, la marca respondería. La experiencia ha sido justo la contraria.
Poco después sufrí un accidente en el que no tuve ninguna culpa. La marca no admitió el coche en sus concesionarios hasta dos meses después del siniestro, así que tuve que llevarlo a un taller de otra marca (Toyota Gamboa), donde estuvo cinco meses inmovilizado por falta de piezas.
Cuando por fin parecía que terminaba, me comunicaron que quizá habría que codificar el vehículo y que la primera cita tardaría otros dos meses. Llamé a MG, que me indicó que una codificación no requiere tanto tiempo. Pedí al taller que contactara con ellos y la respuesta fue que, "como un favor", podrían hacerlo en noviembre, con el riesgo de que se alargue dos meses más.
Un servicio posventa no es un favor: es parte de lo que se paga al comprar un coche nuevo. Me quedo sin vehículo durante más de medio año, sin explicaciones claras y sin que nadie asuma la responsabilidad.
Me siento defraudada como consumidora y, en cuanto me entreguen el coche, lo más probable es que lo venda. Comparto mi caso para que otros compradores lo tengan en cuenta antes de decidirse.