El día 18/08, estaba acompañando a mi esposa en la tienda de Alday. Ella llevaba esperando desde las 10:00 de la mañana para la reparación de una bicicleta alquilada. Inicialmente, nos informaron que debía esperar hasta las 13:30 a que llegara el técnico. Sin embargo, tras la llegada del empleado responsable del mantenimiento, este se negó a realizar el servicio, alegando que no tenía conocimiento de ninguna solicitud.
Tras hablar con otros empleados, finalmente autorizaron la reparación. No obstante, este mismo técnico se burló de la situación y afirmó que tendríamos que esperar dos horas más, ya que no realizaría el servicio en ese momento. Volvió a mofarse delante de otros empleados y clientes. Al ser cuestionado, declaró que no tenía que darme ningún tipo de explicación y continuó atendiendo a otros clientes que habían llegado después de nosotros.
Pasadas las dos horas, cuando regresamos a la tienda para recoger la bicicleta, nos impidieron retirar ambas. El motivo alegado por un empleado —que se negó a identificarse— fue la sospecha de que yo era un repartidor de comida. La atención cambió drásticamente tras mi llegada al local: me obligaron a presentar mi documentación y a acreditar dónde trabajaba. A pesar de cumplir con todas estas exigencias, y debido a una mentira inventada dentro de la tienda, me quedé sin mi bicicleta y, acto seguido, impidieron que mi esposa se llevara la suya, únicamente porque afirmaron que yo parecía un repartidor de comida.
Ante esta situación, tuve que llamar a la policía local para solicitar asistencia, ya que nos estaban denegando la atención basándose en un pretexto falso y negándose a devolver la bicicleta de mi esposa. A la llegada de los agentes, los responsables de la tienda manifestaron que intentarían cancelar el contrato para que mi esposa no tuviera que pagar una penalización de 500 euros. El propio agente de policía tuvo que solicitar una hoja de reclamaciones para que pudiéramos registrar lo sucedido.
Sin embargo, en cuanto la policía se retiró, me impidieron nuevamente presentar cualquier reclamación, bajo el argumento de que yo no había consumido ningún servicio en la tienda.
No fui tratado con el mismo respeto que los demás clientes. El empleado se burló de mí públicamente, retuvieron la bicicleta de mi esposa basándose en un prejuicio infundado y me sometieron a la humillación de tener que demostrar mi identidad y enseñar mi contrato de trabajo por el simple hecho de asumir que era un repartidor de comida.
En total, estuvimos más de 7 horas en la tienda. Mi esposa tuvo que marcharse sin la bicicleta y sin la cancelación del contrato que prometieron tramitar. Han pasado más de 24 horas y el contrato sigue activo, cobrando un alquiler de 12 meses por una bicicleta que solo se utilizó durante una semana.