Lo único destacable del festival es la calidad y variedad de la cartelera de DJs, aunque este año incluso se produjo la ausencia de Carl Cox, que estaba anunciado.
Por lo demás, considero que la organización prioriza claramente el beneficio económico por encima del bienestar y las necesidades de los asistentes.
Para poder realizar una compra tan básica como una botella de agua es necesario recargar un mínimo de 20 € en la pulsera, lo que considero una medida abusiva y poco razonable, especialmente teniendo en cuenta el precio de la entrada.
Además, la calidad del alcohol ofrecido es deficiente y, después de haber pagado alrededor de 100 € por una entrada, resulta incomprensible que no se ofrezcan productos de una calidad acorde con el precio del festival.
Por otro lado, si un asistente necesita abandonar el recinto por una situación de urgencia o cualquier circunstancia imprevista, debe pagar 25 € para poder volver a acceder. Considero que esta política es especialmente injusta y demuestra una falta de consideración hacia los asistentes.
En definitiva, la experiencia transmite la sensación de que se busca maximizar el gasto de los asistentes en todo momento, incluso en aspectos básicos como el agua, en lugar de garantizar unas condiciones adecuadas, razonables y seguras durante el festival.