La encuesta lanzada por Euroconsumers, organización europea de consumidores de la que forma parte OCU, viene a confirmar algo que ya se percibe en la calle: el consumidor europeo afronta la situación geopolítica con una mezcla de preocupación, cansancio y deseo de protección. El estudio, realizado en diez países europeos entre el 19 y el 23 de febrero de 2026, con 9.995 respuestas válidas, dibuja un clima claro: un 73% quiere priorizar los bienes y servicios fabricados en la UE y un 41% lo haría incluso pagando más. Además, cerca de 8 de cada 10 creen que la UE debe buscar nuevos acuerdos comerciales para reducir su dependencia de Estados Unidos.
Estos resultados no son un reflejo menor, sino la traducción económica de una inquietud de fondo. El 74% de los encuestados cree que los aranceles de EE.UU. se usan más como presión política que por razones económicas. Un 51% considera que la alianza transatlántica está, en lo esencial, rota y que Europa debe buscar nuevos socios. Y, sobre todo, domina entre los encuestados una expectativa pesimista: alrededor de 7 de cada 10 piensan que en 2026 empeorarán tanto el coste de la vida como el estado del mundo, mientras 3 de cada 10 ven probable una guerra mundial en los próximos tres años.
En España, el retrato es muy parecido, incluso algo más intenso en algunos puntos: el 77% priorizaría productos europeos, el 45% pagaría más por ellos, el 80% apoya abrir nuevos mercados para depender menos de EE. UU. y el 55% cree que la alianza con Washington está quebrada. Además, alrededor de un tercio ve probable una guerra mundial y cerca de cuatro de cada cinco anticipan un peor coste de la vida en 2026.
Ahora bien ¿qué tiene que ver todo esto con el pequeño inversor? Mucho. Porque ese mismo clima emocional explica por qué tantos inversores particulares tropiezan con el llamado disposition effect: vender demasiado pronto las inversiones que ganan y aferrarse demasiado tiempo a las que pierden. Cuando el entorno se percibe como frágil, incierto y amenazante, la prioridad psicológica deja de ser maximizar rentabilidad y pasa a ser reducir dolor.
La encuesta de Euroconsumers lo sugiere con claridad: cuando sube la percepción de riesgo, el consumidor busca refugio, proximidad y control. En el consumo, eso significa “comprar europeo”. En la inversión, a menudo significa “asegurar beneficios cuanto antes” y “esperar a que el valor perdedor rebote”. Es una reacción humana, comprensible… pero que puede salirle muy cara. Por ello, en tiempos de crisis como los actuales, la mejor defensa del pequeño inversor no es adivinar el próximo giro geopolítico, sino reconocer sus sesgos. El miedo puede ser un mal consejero para el consumidor, pero lo es todavía peor para el inversor. Y es que cuando la emoción manda, la cartera suele pagar la factura.
PUEDE INTERESARLE | Guerra en Oriente Medio: qué sectores resisten mejor en bolsa