El envejecimiento de la población suele presentarse como una amenaza económica: menos trabajadores, menos crecimiento y, en teoría, menos dinamismo bursátil. La lógica parece sencilla. Pero la realidad rara vez lo es tanto. La demografía importa, sí, pero no decide por sí sola el rumbo de la economía ni de los mercados. Japón o Italia llevan años mostrando que una población envejecida puede convivir con un tejido empresarial competitivo; y, a la inversa, una demografía más favorable no garantiza buenos resultados si fallan la productividad, las reformas o la estabilidad macroeconómica.
Además, el envejecimiento no solo “resta”; también reorienta la economía. Cambian las prioridades, se replantean las necesidades y aparecen nuevos hábitos de consumo. Y ahí surgen oportunidades identificables: más gasto sanitario, más equipamiento médico, más servicios de cuidados, nuevas fórmulas de vivienda asistida, seguros ligados a jubilación y dependencia, y una industria tecnológica que busca sustituir mano de obra por eficiencia (robotización, automatización e IA aplicada a la salud y los cuidados). En otras palabras, un menor crecimiento potencial puede ir acompañado de una mayor innovación orientada a sostener la productividad.
En cuanto a la Bolsa, la cuestión suele resultar más compleja: cuando los baby boomers se jubilen, podrían tener que vender activos para financiar su consumo y eso presionaría a los mercados y elevaría los tipos de interés. Es un escenario posible, pero no seguro. El calendario es incierto y el comportamiento del inversor no depende solo de la edad, sin que también influyen el nivel de ahorro, la renta, la aversión al riesgo, la inflación, la política monetaria y el atractivo relativo de otras alternativas. Por eso conviene desconfiar de las predicciones tajantes y resulta poco realista pretender “cronometrar” sus efectos en el mercado. Más razonable nos parece considerar el cambio demográfico como una tendencia estructural.
Si está considerando incorporar este sector a su estrategia inversora, no lo haga como una tendencia de moda, como pueden ser el oro, las tierras raras o la inteligencia artificial, sino como un elemento diversificador y defensivo a largo plazo. En efecto, el envejecimiento de la población tiende a sostener la demanda en áreas menos cíclicas (salud, cuidados, determinados servicios) y, al mismo tiempo, impulsa soluciones para ganar productividad (tecnología aplicada, automatización, robótica). Por prudencia, nuestra recomendación es considerarlo como un complemento, no como el motor de su estrategia, y asignarle un peso reducido (en torno al 5%) con una visión claramente de largo plazo.
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