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Ataques cerebrales, trombosis cerebrales, embolias cerebrales, derrames cerebrales, apoplejías… Diferentes nombres con los que se conocen un grupo de problemas que médicamente se agrupan bajo el nombre más genérico de accidentes cerebrovasculares (ACV) o simplemente “ictus”.
El ictus se produce como consecuencia de interrupción repentina del riego sanguíneo en una parte del cerebro, lo que conduce a la destrucción de las neuronas afectadas. De ahí su gravedad: el ictus es la tercera causa de muerte después de las enfermedades del corazón y el cáncer, y muchos de los que sobreviven lo hacen con importantes secuelas.
Las lesiones que pueden derivar en un ictus pueden ser:
Un dato importante sobre estos accidentes cerebrovasculares: aunque los ictus son más propios de personas mayores, entre un 25 y un 30% de los afectados tienen menos de 65 años.
La mayoría de la población no sabe lo que es un ictus, y también desconoce el riesgo de retrasar la atención médica y cuáles son sus síntomas.
Los síntomas del ictus dependen de la zona de cerebro afectada. Los más significativos son:
Los síntomas del ictus aparecen bruscamente. En ocasiones duran sólo unos minutos. Es el denominado “accidente isquémico transitorio”, que puede constituir un serio aviso de que algo más grave puede ocurrir en cualquier momento.
El ictus debe ser considerado una emergencia médica. Si tiene síntomas como los que referimos, debe actuar rápidamente: es posible que el origen de los síntomas sea otro distinto a un ictus (una migraña, una bajada de azúcar de la sangre, un problema de oído, etc.), pero por si acaso, sobre todo si es la primera vez que le ocurre conviene avisar inmediato al teléfono de emergencias (el 061 o el 112), especificando claramente cuales son los síntomas, para que se active el protocolo correspondiente de atención al ictus (“código ictus”) o bien dirigirse directamente al hospital.
En algunas ocasiones es posible el uso de fármacos fibrinolíticos, medicamentos que contribuyen a disolver un posible trombo. Es un tratamiento que debe ser instaurado en las primeras horas tras producirse el ictus: de ahí la importancia de solicitar asistencia urgente.
En cualquier caso, aunque ese tratamiento fibrinolítico no sea posible debido a las características del paciente o al tipo de ictus, la intervención precoz (controlando la oxigenación, la temperatura y los niveles de azúcar en sangre) ayuda a minimizar las posibles secuelas.
La rehabilitación posterior, también de gran importancia de cara a la recuperación, será tanto más fácil cuanto menor sea la cantidad y la gravedad de las secuelas del ictus.
Mientras llega la asistencia, es importante que alguien vigile las constantes vitales del enfermo que ha sufrido el ictus y se asegure de que está cómodo. Es recomendable aflojarle la ropa y dejar espacio a su alrededor para que respire libremente.