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Los consumidores y el agua

25 marzo 2008
Los consumidores y el agua

Aunque la conciencia medioambiental de los españoles es cada vez mayor, el agua sigue siendo una asignatura pendiente. Es un bien limitado y escaso, y para lograr una gestión realmente sostenible de este recurso, es preciso que todos los agentes implicados (administradores, gestores, consumidores, agricultores, industria…), adopten medidas adecuadas para mejorar su gestión, actuando de forma coordinada.

Los 10 mandamientos de una buena gestión

Concienciar de que el agua es un bien escaso que debe gestionarse de forma eficaz.

El agua no es un recurso ilimitado y barato como creen muchos consumidores. Por ello, es preciso adoptar medidas destinadas a promover la educación para concienciar a los ciudadanos.

Fomentar la información y trabajar para generar hábitos de ahorro y consumo responsable.

Debe existir un plan de comunicación a los consumidores, que informe de dónde viene el agua para consumo humano, lo que cuesta adecuarla para ese fin, la infraestructura de los canales de distribución, etc.

Por otro lado, una gestión sostenible del agua pasa por un cambio de hábitos en el consumo. Aunque no se puede hacer recaer sólo en el consumidor esa responsabilidad, es necesario poner a su alcance herramientas que le permitan recortar y racionalizar el consumo. Entre otras cosas, desde la OCU proponemos que se pueda conocer la cantidad consumida individualmente (no en todos los edificios existen contadores individuales y no siempre se cobra el recibo del agua exclusivamente, por lo que no se tiene acceso a la lectura del consumo en el periodo de facturación), que se facilite el acceso a dispositivos de ahorro (en grifos, inodoros, electrodomésticos…), y se premie el uso de sistemas de ahorro y reutilización o que se creen sistemas de distribución de aguas “no potables” pero con calidad suficiente para ciertos usos domésticos (cisternas, llenado de piscinas privadas, riego de jardines).

Lograr que todos los hogares reciban un agua de calidad.

Es preciso mantener el agua en unos niveles aceptables de calidad. Y esto no hace referencia simplemente a los posibles problemas de sabores, olores, etc., sino sobre todo a la seguridad: es inadmisible que haya poblaciones que suministran a sus habitantes agua con arsénico, trihalometanos, nitratos, etc. como viene sucediendo. Se deben establecer medidas preventivas para evitar cuanto antes estas situaciones de riesgo.

Acabar con los abusos.

Fugas en la red, averías que no se reparan, riegos innecesarios en campos y jardines, derroche en la agricultura… hay que adoptar medidas para poner fin a estos malos usos de un recurso que es de todos. Y no sólo para ahorrar y preservarlo, sino también para evitar la sensación de impotencia que el consumidor concienciado siente frente a esas situaciones que escapan a su control. Es preciso que las entidades abastecedoras y las administraciones, locales sobre todo, se comprometan a implicarse activamente.

Mejorar la factura del agua.

La factura es el principal nexo de unión entre el usuario y el suministrador del servicio. A menudo, no se explotan sus posibilidades. La factura debe contener una información mínima: número de contrato y de factura, fecha de emisión, dirección de suministro, importe y fecha de vencimiento, periodicidad, datos institucionales del emisor, teléfonos de contacto (para atención y averías), criterios de facturación, información sobre el régimen tarifario aplicable, datos para el pago, detalle de los servicios o conceptos facturados y su forma de cálculo.

Además, sería útil para mejorar la gestión del agua que este documento incluyera otros datos de interés, por ejemplo información sobre el consumo en litros y coste diario, para que así el ciudadano pudiera comparar su consumo de agua frente al estándar o ideal.

Adoptar una política tarifaria que prime la eficiencia.

El precio del agua debe establecerse con criterios que fomenten la eficiencia de consumo. Cobrar una cuota fija (o de consumo mínimo) elevada penaliza los consumos bajos y desincentiva el ahorro de agua. Por otro lado, el sistema de tarifas en bloques no está bien ajustado a los rangos de consumos reales, así que por mucho que el usuario reduzca el consumo, lo tiene posibilidad real de reducir los pagos. Para que el precio del agua anime a un uso más eficiente es necesario trabajar por un modelo tarifario que homogenice los criterios de establecimiento de tarifas sobre costes reales. Este modelo debería ser capaz de discriminar entre los diferentes usos del agua y de penalizar los consumos excesivos, para lo cual es imprescindible la medición individualizada de todos los consumos.

Coordinar la política del agua con otras políticas que también afectan.

Por ejemplo, las políticas de desarrollo urbanísticas deberían estar condicionadas por los recursos hídricos disponibles, las políticas agrarias deben apoyar los cultivos más eficientes, la planificación del turismo debe tener en cuenta los recursos naturales y adaptarse a la climatología, etc.

Establecer políticas de prevención ante situaciones de emergencia.

Es necesario prever de antemano las líneas de actuación en caso de situaciones de emergencia (sequías, inundaciones, contaminaciones), planificando las actuaciones para asegurar una respuesta adecuada.

Crear un organismo que regule la gestión de los recursos hídricos.

Para conseguir una buena gestión, la política del agua (de precios, de información, requisitos mínimos de los abastecimientos…) debe hacerse de forma coordinada. Lo ideal sería que existiera un único organismo o ente coordinador que establezca las directrices por las que se rija la gestión del agua en todo el país.

Despolitizar el tema del agua.

Usar los problemas del agua como arma política es un error: se banaliza la gestión de un recurso que resulta imprescindible para la todos, y desmotiva al ciudadano que se involucra en la sostenibilidad del recurso. El agua es algo que debe estar por encima de cualquier objetivo político.


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