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Todos tenemos altibajos en algún momento, pero cuando ciertos rasgos de la personalidad se acusan demasiado puede que exista lo que los expertos denominan trastorno de la personalidad. Este tipo de alteraciones son importantes en la medida en que sientan la base para desarrollar un posible problema de salud mental que se manifiesta cuando la persona se ve expuesta a un "detonante": un acontecimiento inusual o un cambio (divorcio, muerte de un familiar...).
Los resultados de una encuesta realizada por la OCU pone de manifiesto que existen ciertos tipos de personalidades marcadas por patrones rígidos que pueden desembocar en trastornos de personalidad moderados. Así, un 32% de las personas muestran rasgos obsesivo-compulsivos, que se caracterizan por la cautela, la disciplina, el perfeccionismo y la rigidez tanto en lo que se refiere a establecer afectos como a aceptar formas de actuar distintas a las suyas. Por otro lado, un 30% presentan rasgos típicos de personas dependientes: no confían en sí mismos, se sienten desprotegidos y buscan apoyo en otras personas a las que desean agradar y en las que delegan todas sus decisiones.
Ambos tipos de personalidad se caracterizan por padecer problemas de típo psicosomático, ansiedad y depresión. Sin embargo, el tipo de personalidad que más "papeletas" tiene de desarrollar problemas psiquiátricos (desde el abuso del alcohol y las drogas a la ansiedad y la depresión) es la que presenta rasgos defensivos, derrotistas, antisociales o elusivos. Por su parte, los rasgos agresivos o sádicos se asocian, sobre todo, al abuso de sustancias y al trastorno bipolar.
Hay algunos desórdenes de la personalidad, menos frecuentes, que se pueden considerar el preámbulo a desarrollar un problema de salud mental. En este sentido, se puede hablar de tres tipos que son especialmente propicios: el paranoide, caracterizado por una gran desconfianza y un cinismo conflictivo; el límite o borderline, que presenta un comportamiento impredecible y manipulable y unos afectos cambiantes; y el esquizotípico, que muestra un desinterés en relacionarse y al que la vida social le provoca ansiedad.
No todas las personalidades acusadas están abocadas a las patologías mentales y a una integración social problemática; hay algunas que están predispuestas justo para lo contrario. Es el caso de los obsesivo-compulsivos, los narcisistas y los histriónicos. Se trata de tipos de personalidad que conllevan una percepción más positiva de la propia calidad de vida y se adaptan bien a las actuales exigencias de éxito social y profesional.
Las personas que padecen un trastorno de la personalidad no suelen buscar ayuda profesional hasta que se presentan síntomas llamativos: dejan de dormir, de comer y de disfrutar. Está científicamente probado que en estos casos, la psicoterapia produce efectos más duraderos y un menor número de recaídas que la medicación. El terapeuta debe indagar para saber por qué se manifiestan estos problemas, qué factores lo sustentan o agravan, etc, mientras que el tratamiento persigue que el paciente entienda el orígen de sus dificultades y aprenda nuevas pautas de conducta. En este sentido, es indispensable un buen entendimiento entre el terapeuta y la persona que padece el trastorno.