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Neumonía: atención a los primeros síntomas

Neumonía: atención a los primeros síntomas

Tos seca, dolor en el pecho, malestar generalizado... son algunas de las señas de identidad de la neumonía, una infección pulmonar de origen normalmente bacteriano. Su incidencia es bastante común en bebés y ancianos; y aunque el tratamiento con antibióticos es efectivo, pueden producirse complicaciones si se detecta tarde.

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Cada año se contagian de neumonía alrededor de 40 de cada 1.000 bebés (menores de un año) y mayores de 75 años. Su incidencia en adultos es menor (12 de cada 1.000 personas) y se circunscribe a personas con problemas respiratorios (sobre todo fumadores) o con el sistema inmunitario debilitado: enfermos crónicos, pacientes con sida o leucemia, etc.

Hablamos de una enfermedad con altos índices de mortalidad en los países en vías de desarrollo, debido tanto a la tardanza en el diagnóstico como a la falta de medicamentos. En España, el número de fallecidos es mucho menor, pero aún así alcanza al 14% de los pacientes.

Atención a la tos y los dolores en el pecho

La clave para detectar y tratar adecuadamente la neumonía (antes conocida como pulmonía) es prestar atención a los síntomas, muchos de ellos similares a los de otras afecciones como la gripe o los resfriados. Los más característicos son: tos (seca o acompañada de flemas); dolor o molestias en el pecho, costado o espalda; fiebre (no siempre se presenta), generalmente acompañada de sudor y escalofríos; dificultad para respirar, uñas y labios azulados y, con menos frecuencia, dolor abdominal, cefalea, náuseas y vómitos.

La fuente de contagio son ciertas bacterias, como el neumococo, la Haemophilus influenzae, el Mycoplasma pneumoniae y la Legionella pneumophila; pero también puede estar causada por virus, como el de la gripe, el del resfriado, el de la varicela o el del síndrome respiratorio agudo severo; y por hongos.

Ingreso: no siempre es necesario

El enfermo de neumonía no siempre tiene que ser ingresado en el hospital y, de hecho, la mayoría de las veces basta con un tratamiento a base de antibióticos (hay que iniciarlo lo antes posible y seguirlo escrupulosamente) acompañado de unos días de reposo. También se recomienda beber suficientes líquidos y -aunque no existen pruebas científicas claras sobre su eficacia- usar vahos para reducir la tos y hacer más fluidas las secreciones. El tratamiento suele durar entre 7 y 10 días y, por lo general se empieza a notar mejoría a los 2-4 días.

En cualquier caso, no es una enfermedad especialmente contagiosa; la única profilaxis necesaria es no compartir con el enfermo cubiertos o vajilla y, si existe contacto físico estrecho (madres que atienden a sus hijos pequeños, por ejemplo), lavarse las manos con frecuencia.

A vueltas con la vacuna

No hay nada que nos proteja totalmente de la neumonía. La mejor prevención es disponer de un sistema inmune que funcione de forma óptima. También se aconseja alejarse de factores negativos como por ejemplo el humo del tabaco, que hace que los pulmones sean más vulnerables a las infecciones. En el caso de los niños, es importante no exponerles al frío nada más nacer y asegurarse de que siguen una alimentación adecuada.

En cuanto a las vacunas, la evidencia demuestra que su eficacia es relativa y, de hecho, no existe una que proteja universalmente contra todos los tipos de neumonía. Hay una contra la bacteria Haemophilus influenzae tipo B, que forma parte del calendario vacunal infantil. Y existen otras contra la gripe y algunos tipos de neumococo, que pueden ser recomendable para los mayores de 65 años. La Asociación Española de Pediatría, por su parte, ha solicitado que la vacuna contra el neumococo se administre a todos los niños, aunque hoy por hoy no está incluida en el calendario vacunal de todas las comunidades autónomas.

 

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