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La almohada desempeña para el cuello y la cabeza una función análoga a la del colchón para la columna vertebral: su misión es conseguir la posición de descanso más natural posible. Así pues, una buena almohada debe rellenar el hueco del cuello a la vez que sujeta firmemente la cabeza. Con ello, evitarás que haya zonas sin apoyo y que unas partes se mantengan en tensión y otras presionadas en exceso.
Cuestión de altura
Si no empleas almohada o usas una almohada muy baja, la cabeza colgará en lugar de mantenerse alineada con el eje de la columna, especialmente cuando reposes sobre el costado.
Una almohada demasiado alta produce el efecto opuesto y fuerza el cuello hacia delante. Por lo tanto, lo ideal es hacerse con una almohada de la altura adecuada, que mantenga el cuello lo más recto posible y en línea con la espalda.
¿Y el material?
Las almohadas más comunes van rellenas de fibras de poliéster, un material que procura un soporte muy homogéneo y que no se apelmaza como ocurre con las plumas. Además tienen una mejor aireación y evacúan mejor el sudor.
Lo mejor es que pruebes distintos tipos hasta encontrar la que mejor se ajuste a tus gustos, permitiéndote mantener una postura adecuada.
Y por último, piensa que las almohadas íntegramente lavables son mejores desde el punto de vista higiénico. En cualquier caso, pon a tu almohada una funda al margen de la ropa con la que vistas la cama y lávala con frecuencia.