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Las cifras son contundentes: hasta un 85% se reduce el riesgo de lesiones en caso de caída de la bicicleta si el ciclista lleva puesto el casco.
El Reglamento General de Circulación obliga a que los ciclistas usen cascos protectores homologados cuando circulen por vías interurbanas, salvo en rampas ascendentes, extremo calor o razones médicas.
Pero aunque siempre es mejor llevar un casco malo que no llevar nada, para proteger su cabeza no vale cualquiera.
Todos los cascos tienen un diseño similar: una fina película protectora de plástico recubre una carcasa de poliestireno expandido, que es la encargada de absorber los golpes.
Es importante el modo en que va unido al casco el dispositivo de ajuste: en vez de ir sujeto con un velcro o pegado, es preferible que vaya unido por medio de unos elementos plásticos flexibles.
Este tipo de elementos no sólo permiten ajustar el contorno, sino también hacen que el casco se adapte mejor a la forma de cada cráneo. Esto es más importante de lo que pudiera parecer, pues un casco sólo ofrece la protección adecuada si está correctamente ajustado. Por eso, cuando se los pruebe, asegúrese de que no siente excesiva presión en ninguna zona, y de que el casco sigue en su sitio también cuando mueve o sacude la cabeza.
Aunque el tamaño o la ventilación pudieran parecer aspectos secundarios, no lo son: de poco le valdrá el mejor casco, si no lo lleva bien colocado porque le resulta incómodo.
