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Los termostatos pueden funcionar conectados a la red eléctrica o con pilas. Los primeros precisan necesariamente de un instalador profesional.
Entre los termostatos con pilas, se distinguen a su vez dos tipos de modelos que se diferencian entre sí por el tipo de conexión a la caldera: los que lo hacen por medio de cables hasta el mismo quemador; y los que utilizan un receptor de radio que se instala directamente en la caldera. Los segundos permiten cambiar fácilmente la unidad de programación de una a otra habitación cuantas veces se desee y, además, son también más fáciles de instalar. ¿Inconvenientes? El precio. Los modelos móviles son, de media, 120 euros más caros que los fijos, que pueden llegar a costar más de 200 euros.
La mayor parte de los termostatos actuales pueden funcionar en uno o varios modos de ajuste distinto.
La flexibilidad de la programación de buena parte de los modelos actuales es bastante limitada. Una falta de flexibilidad que puede ser semanal (no se puede cambiar la programación todos los días), diaria (sólo se permite un máximo de cuatro cambios de temperatura al día) e incluso horaria (no permite precisar los minutos).
Al mismo tiempo, la exactitud de la temperatura previamente seleccionada por el usuario no siempre es la deseable. Mientras que algunos termostatos mantienen esta temperatura con un margen de error apenas perceptible, otros se desajustan hasta 3 ºC.
Es más, la memoria de los termostatos con pilas varía mucho de unos modelos a otros: mientras que en unos apenas dura 5 minutos sin ellas, en otros alcanza hasta 24 horas.
