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Lo ideal es comprar melones y sandías en su temporada, es decir, durante el verano. Siempre estarán mejor que las frutas de invernadero.
Escoja los frutos que estén en la parte de arriba del montón: es posible que los de abajo hayan sufrido aplastamientos y estén más deteriorados.
Revise el melón o la sandía para descartar la presencia de defectos externos (grietas, picoteos).
El fruto debe estar duro al tacto. La falta de firmeza exterior indica que están pasados. Las sandías suenan a hueco cuando están en su punto, un golpecito se lo revelará. El melón suele “palparse” apretando en los dos extremos: está en su punto cuando al presionar la base del fruto cede ligeramente, y si se insiste la otra parte (el pedúnculo) se abomba ligeramente.
El aroma en un melón es clave: en la zona del pedúnculo el olor debe ser fresco.
El color también denota el grado de madurez del fruto: un melón de color verde intenso puede no estar aún en su punto. Sin embargo, en las sandías hay más matices, y se advierte en la zona del pedúnculo.
Cada vez se venden más medias piezas: optar por comprar una fruta ya abierta tiene ventajas e inconvenientes. Entre las primeras, que a simple vista puede comprobar si está madura. Recuerde, no obstante, que debe consumirla cuanto antes.
Si en el momento de la compra no están maduros, las sandías y los melones pueden conservarse varias semanas, en un lugar seco y fresco.
Una vez abierta la fruta, debe guardarse en la zona menos fría de la nevera y bien tapada para evitar olores.
Es importante acertar al partirlas:
Para cortar bien un melón hay que eliminar los dos extremos. Después, dividirlo por la mitad de forma longitudinal, y eliminar todas las semillas, que se estropean con mucha facilidad. Las rajas se van cortando longitudinalmente, con el grosor que prefiera.
Con la sandía no hace falta eliminar ningún extremo. Lo que complica su corte en rajas es su gran tamaño.