Desde su formación, la Tierra emite naturalmente radiactividad (a través del suelo) y también la recibe (del cosmos).
El contacto, la inhalación y la ingestión, a través de agua y alimentos, son las formas en que nuestro organismo absorbe esa radiactividad. La exposición a la radiactividad natural, a dosis bajas, no tiene por qué afectar a la salud. El problema se plantea si la dosis es elevada o si la exposición se prolonga en el tiempo.
Nuestro análisis detecta niveles excesivos en 9 muestras de agua del grifo, de poblaciones donde se consume agua subterránea procedente de suelos de granito.
No se trata de alarmar, pero la Administración debe tomar cartas en el asunto.