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En
los últimos tiempos hemos tomado conciencia de los
efectos positivos que pueden ejercer sobre nuestra salud y
bienestar algunos compuestos químicos de los alimentos.
Así, reconocemos a ciertos alimentos efectos beneficiosos
sobre alguna de las funciones del organismo. Son los alimentos
funcionales .
El interés por los alimentos funcionales surgió
en Japón, de donde paso a EE.UU, y de allí a
Europa y España.
Hay dos hechos cuya combinación ha dado lugar a un
caldo de cultivo ideal para que proliferase esta moda: por
un lado, los consumidores son cada vez más conscientes
del papel que tiene la alimentación en la salud y se
sienten responsables por haber descuidado su dieta, alejándose
del ideal mediterráneo; y por otro, hay cada vez un
mayor rechazo a los fármacos, que se consideran sustancias
“químicas”, no naturales.
Estas ideas subyacentes, en combinación con una publicidad
machacona donde todo vale, cuajada de supuestas propiedades
preventivas o curativas, con alegaciones de base más
que dudosa, que relacionan de forma directa el consumo de
un alimento con la salud o el bienestar, explican el éxito
de este tipo de productos.
Sin embargo, lo realmente interesante es llevar una dieta
sana y equilibrada, con unos hábitos alimentarios correctos.
Ésta es una opción mejor, y más barata,
que recurrir a alimentos funcionales.
Alimentos funcionales, alimentos enriquecidos, alicamentos,
farmalimen-tos... ¿son lo mismo?
Se usan estos términos, entre otros, para denominar
a este tipo de productos. No hay un único término...
como tampoco hay un único concepto. En general, prevalece
el nombre alimento funcional, con el que nos referimos a aquellos
alimentos que cuentan con el suplemento de alguna sustancia
beneficiosa para el organismo.
¿Quién necesita de estos alimentos?
Las necesidades nutricionales de los distintos grupos de población
(niños, ancianos, mujeres embarazadas...) pueden ser
muy diferentes. Es preciso estudiar de forma individualizada
esas necesidades, para ver si es preciso algún tipo
de suplemento. No obstante, en principio, una dieta variada
y equilibrada debería ser suficiente, salvo casos patológicos.
¿Quién determina lo que se añade
a los alimentos?
Lamentablemente, muchas veces los suplementos que se añaden
a los alimentos responden simplemente a intereses comerciales,
y no están sustentados por ninguna base científica.
Así es habitual que algunos productos se enriquezcan
con sustancias (algunas vitaminas y minerales) de las que
no hay carencias en ningún sector de la población
y, sin embargo, se pasen por alto otras que serían
mucho más necesarias.
¿Qué cantidades se pueden añadir sin
alterar el alimento?
Pues depende de la sustancia de que se trate. En cualquier
caso no debe tratarse de dosis tan pequeñas que no
tengan ningún efecto, pues al añadirlas lo que
se persigue es precisamente que surtan efectos beneficiosos.
¿Influye la combinación de nutrientes
en su absorción?
Sí. La absorción y aprovechamiento de los distintos
nutrientes de un alimento depende de su combinación.
Por ejemplo, la vitamina C potencia la absorción del
hierro.
¿Cómo puede el consumidor reconocer
que está ante un alimento funcional?
Lo ideal sería que el consumidor pudiera identificar
rápidamente qué sustancias, y en qué
cantidad, se le han añadido a un producto. Sin embargo,
tanto el etiquetado como la publicidad deben evitar atribuir
a los alimentos propiedades de prevención, tratamiento
y curación de enfermedades.
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