Para el consumidor resulta realmente difícil medir el impacto real sobre el medio ambiente del producto que compra. Las etiquetas medioambientales deberían, en principio, ayudarle a obtener esta información y poder así ejercer su opción de compra teniendo en cuenta también los criterios medioambientales. Sin embargo, en el momento en que las etiquetas se convierten en meros elementos de márketing, empiezan a generar desmotivación y desconfianza.