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Los muebles de jardín se pueden adquirir en distintos materiales. El plástico resulta barato y ligero, pero los muebles son endebles y envejecen deprisa. El hierro forjado o el aluminio son muy resistentes aunque incómodos por su dureza y exceso de transmisión térmica. La madera puede ser el material de elección, ya que resulta cálida, suave al tacto y de una indudable belleza, pero a condición de que sea una madera resistente capaz de aguantar muchos años a la intemperie.
En función de su resistencia al ataque de hongos, las maderas se clasifican en cinco clases de durabilidad. En las etiquetas no suele figurar esta clase, pero sí es obligatorio que aparezca el nombre de la madera. De mayor a menor duración, las maderas se clasifican en:
La “antigua” teca, que crece de forma dispersa en las bosques tropicales de Asia, se abatía cuando los ejemplares tenían como poco 70 años de edad. Esa madera tenía una durabilidad de clase I. Actualmente, en el mercado sólo se encuentra teca de plantación, que se corta cuando los árboles tienen entre 15 y 30 años. Cuanto más joven es una madera, más vulnerable al ataque de insectos y hongos. La teca de plantación tiene una clase de duración comprendida entre I y III, según los casos. Como hemos visto, hay muchas otras maderas que se le pueden comparar en durabilidad, como el iroco, la robinia o la bilinga.
El tipo de acabado exterior también influye en la resistencia. Si deja la madera al natural expuesta a los rayos UVA, adquirirá una tonalidad gris plateada en su capa externa y formará pequeñas grietas. Una mano de aceite de teca cada año (aunque sea una madera de otro tipo) consigue que conserve por más tiempo su aspecto original.
El precio de la mayoría de las sillas de jardín oscila entre 60 y 100 euros. Los modelos de teca suelen estar por encima de ese precio, pudiendo alcanzar los 400 euros.
Además de fijarse en la etiqueta, conviene que haga una inspección visual en busca de posibles defectos como la presencia de astillas, nudos, huellas de insectos o cambios de color.
La resistencia de las uniones y su acabado es uno de los factores clave. Si van encoladas mediante espigas resultan hasta un 50% más fuertes que con tornillo, siempre que estén bien ajustadas, borde con borde, y no queden holguras por las que pueda colarse el agua. Revise también el lijado y la terminación: no deben encontrar zonas ásperas, astillas, manchas de pegamento, brochazos de barniz...
Por último, revise el diseño. Si se trata de sillas o sillones, siéntese para ver si resulta cómoda y, si es plegable, ábralas y ciérrelas varias veces para comprobar que no hay riesgo de pillarse o de que la silla se abra cuando la está transportando y le golpee.
Las talas indiscriminadas y sin criterio causan un daño irreparable a la flora, la fauna y el suelo. Existen varias etiquetas de origen como la europea PEFC (Programme for the Endorsement of Forest Certification) o la internacional FSC (Forest Stewardess Council), originalmente promovida por Adena, que acreditan que el bosque se ha gestionado de forma sostenible. Según los datos de nuestro estudio, la FSC es la etiqueta con mayor implantación y criterios consensuados entre los implicados: gobiernos, industria maderera y habitantes de las zonas forestales. Para verificar si una etiqueta FSC es auténtica, hay que tomar el número indicado en el logo y contrastarlo en la base de datos www.fsc-info.org.
