Los contratos laborales fijan el marco en que se desarrolla la relación entre el trabajador y la empresa: contenido del puesto, horario, retribución... Pero este marco puede cambiar en parte, incluso contra la voluntad del empleado. A veces no quedará más remedio que aceptar las novedades, mientras que otras veces podrán impugnarse con muchas posibilidades de éxito. Todo depende de si el cambio es geográfico (una mudanza de la empresa o un traslado), funcional (porque altera las funciones del puesto) o sustancial (afecta, por ejemplo, al salario); también depende de que la empresa haya respetado o no determinados formalismos.